domingo 27 de junio de 2010

PULSO II: DESPERTAR

Y entonces, te despiertas a las 5 de la mañana. Visita obligada al excusado y programada vuelta a la cama, con desconexión inmediata predecible. Ni me dí cuenta.

Pero no.

De pronto tu cerebro no responde, no sigue en letargo, no quiere obedecer, y no solo eso, se pone a funcionar por su cuenta. Independiente. Ahí te quedas campeón. Apenas una hora para que suene ese maldito, y tu te pones a funcionar, a todo tren. Y ese flash de la mañana anterior se te mete hasta el fondo recordando lo peor de ti..  Bueno, ya no te puedes dormir.

Recuerdo esa parada, ese color, esos ancianos. Y recuerdo ese pulso. Y la verdad, es que no me siento orgulloso, de nada. Y a pesar de todo, estoy agradecido, porque no siempre es posible mirar hacia tu interior. Y de nuevo me agitan los flashes!!!

Y de pronto lo comprendo.,,,,

Lo sabía! pero no lo vi. Y ahora sé que no era miedo. Un armario gigantesco amenaza dentro de mi habitación. Está lleno de compartimentos, grandes unos o pequeños otros, casi llenos o vacíos. Y entonces comprendo. Siempre ha estado ahí. La respuesta.

Ese armario, madera barata que cuadricula una vida. Que curioso, con sus partes. Nunca puedes verlo abierto en su totalidad, sus correderas lo impiden. O ves a Oskar, o ves a Izaskun. O mitad y mitad. Pero ninguno se muestra entero. Ja!!! la lógica.


Nunca podrás verlo abierto entero. Está en construcción, y ese es su misterio. Siempre en construcción. Por eso no tengo miedo ya, porque ahora he comprendido parte del misterio. O eso creo.

Mi armario está lleno, pero con huecos vacíos. Voy poniendo prendas todos los días, y guardo cosas en los espacios vacíos. Llenando, llenando. Miro de reojo, y te veo llenando tus huecos. Poco a poco, día a día, año a año. Cada vez más lleno, y cada vez con más sitio.

Y si te vas, porque te llevan, me quedara el armario. Tu parte, y la mía. Llenita de ropa, de recuerdos y de pulsos.

Y sonrío, sin querer, y me río queriendo, y con esa sonrisa tonta me duermo tranquilo. Y ese minuto antes de que grite el maldito, ya se desfigura mi cara, y mi sonrisa será imborrable el resto se este día.



Porque ya no tengo miedo.


domingo 13 de junio de 2010

El amor en el tiempo

Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ello, todo el mundo lo conoce, pero muy pocos se paran a pensarlo. Casi todos se limitan a tomarlo como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.

Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que unas veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otras, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.

Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.

Existe otra cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ello, todo el mundo lo conoce, pero muy pocos se paran a pensarlo. Esta cosa es el amor.

No hay calendarios ni relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, unas veces, un amor pasa en un instante, y otras, en cambio, un amor puede durar toda una eternidad; depende de como vivamos el amor.

Porque el amor es vida. Y la vida reside en el corazón.








Autor: no recuerdo , fué hace muchos años

jueves 3 de junio de 2010

PULSO I: MIEDO


Hace unos días los vi.

La música de otra mañana de lluvia camino del trabajo, lluvia espesa y prieta, sin grietas. Las obligaciones propias a la circulación hicieron que tuviese que detener mi coche otra vez en ese semáforo. Rojo que te paras. Como todos lo días.

Este sin embargo, fue diferente, y la parada me obsequió un regalo inesperado cuando los vi.
La marquesina del autobús es tan evidente, grande y grosera como su amarillo chillón y su aquí para un contenedor muy grande que lleva mucha gente - alguno igual hasta sabe a donde va-. Soy importante y me hago ver, llena de gente igual a otra gente. Mucho color y poco calor, corriente. Pero el otro día, mi coche se detuvo justo a su altura, ajeno a mi voluntad, y en su interior aparecía un foto en blanco en negro. Flash

Dos hombres mayores, casi ancianos, estatuas inmóviles, absorbían todo el color que les rodeaba. Vestían muy parecido, casi iguales, con sus zapatos corrientes de piel negra, pantalones grises un poquillo trotados y equipados para la lluvia con su chubasquero negro con insignia del athletic club, equipo de sus amores supongo, o quizá regalo de algún periódico provincial. Esto los hacia además de económicos, importantes por llevar ese sello impreso. Completaban su formidable aspecto sendos gorros negros para lluvia, calados hasta la nuca, armadura perfecta frente a nuestro clima severo.
Un aspecto imponente y soberbio, aún con su ropa humilde, vestida quizá por escasez de medios económicos o quizá porque a cierta edad, la fachada ya no es tan importante como mantener la casa caliente.


El más bajito de ellos llevaba 2 bastones, y diría que se apoyaba en ellos hasta con chulería juvenil. El otro figuraba con una bolsa de rafia de rayitas azules y rojas, es posible que con algún tipo de provisiones, que reposaba a su lado en el suelo. El rostro del anciano de los bastones fue el que me atrapó. Hasta el se dio cuenta de que no podía quitarle la vista de encima, y supongo que pensaría algo así como "qué mira el chaval ese con esa sonrisa de idiota en la cara". Mapa mundi de arrugas, libro de bitácora ajado y profundo, muy seco y gris, pero con ese brillo en los ojos.
Y como tantas veces fue mi mente la que empezó a mandarme flases, escurriéndome de una idea a otra con ese vértigo de tobogán infantil. Casi sin tiempo para asimilar. Flash!Flash! Me llegaba un sentimiento de felicidad que curvaba mis labios hacia arriba, sonriendo felicidad por ellos. Pensamientos que se atropellan unos a otros sin respeto y sin esperar su turno, amontonados. Llegaría a su edad? Conservaría algún amigo verdadero? Sería gruñón?

y de pronto me vi pensando en la vejez.

Pensamiento para mi mismo de viejito, surcado mi rostro de arrugas. Esta carcasa que me sostiene floja ya y agrietada del viaje, quizá con mi bastón y mi bolsita de rafia, parado en una marquesina grosera esperando el autobús. Pensamiento en llegar muy lejos, muchos años encima, disfrutando al fin sin prisa y de forma serena de lo simple, de lo sencillo, de lo que no se puede comprar. Olores, sabores, momentos. Pensamiento en como sería ella de mayor, a mi lado sentada en una butaca gastada y con las rodillas cubiertas con una toquillita de esas de ganchillo despeluchado. Como mi abuela Mercedes.

Y sin aviso, durísimo y repentino, sentí como me golpeaba un pulso tan egoísta que me dejó atrapado en mitad de una nada, e inmediatamente me avergoncé por encontrarlo en mi interior, pero aún así no pude quitármelo en todo el día, alojado aquí dentro, muy profundo, con raíces ya viejas agarradas a las entrañas de mi alma. Y me dí cuenta de que la razón era que vive dentro de mí, siempre ha estado ahí, aunque miro para otro lado.

Pensé en la vejez, pensé en nosotros, y me vino ese pulso. Al escribir estas líneas, vuelvo a recordar que sigue ahí.
El otro día lo sentí. Y supe que estaba ahí.

«Si uno de los dos se va», pensé, «yo no quiero quedarme el último». No podría soportarlo.

Perdóname por tener miedo y ser cobarde.

Cuando alguien se encuentra algo así, se queda muy quieto.

El coche de detrás tocó el claxon.