Ayer paseaba y pasé por delante del parque. Todo está muy otoño, muchas hojas, humedad, madera mojada, y casi invierno. Los niños vienen poco y los columpios están flojos, como latentes esperando el balanceo. Ayer que paseaba y pasé por el parque, quizá era mañana, o fué la semana que viene, y un columpio seguía danzando, zis zas, zis zas, y ningún niño le daba impulso. Quizá no estaba allí y estaba dormido, quizá todo esto nunca pasó y ayer era hoy, y los niños todos eran felices.
Los niños que no dicen nada, saben de que hablan, y lo importante y lo decisivo sucede bajo códigos que tu nunca entenderás porque su realidad paralela transcurre por otros parámetros. Los adultos somos peones en una partida prestada en la que el equilibrio es la meta del juego , y ellos no quieren que termine la partida. Somos actores secundarios que por segundos nos volvemos principales. Y les quitas un muñeco y lloran.
Dia a día revivo esos años de patio y colegio, gracias a el, y algo se aviva con el recuerdo de la infancia y de los juegos, de las diversiones y las frustaciones vividas. ¿ Porque querer ser mayor? ¿ Y para que ? Que dificil me digo muchas veces, ser niño y obligarte a ser mayor, de repente y sin aviso; mantener la compostura, animar a los demás; nunca jamás mirar atrás y afrontar el nuevo día como un juego nuevo, y un regalo de la vida. Y disfrutarlo sin ninguna duda.
Y pasan lentos, muy lentos, los días y los meses deseando que no sean años. Y ya no te haces preguntas esperando que cuando vuelvas a abrir tus ojos ya no esté eso allí. Y te maravillas de que los niños sean quienes te den fuerzas, ejemplo y esperanza para sonreir.
Y precisamente su sonrisa, sincera,tranquila y diaria, es la rutina que demuestra que aunque el niño no este, el parque sigue vivo, el columpio sigue bailando, zis zas, zis zas, y el sabe que le espera, ayer y mañana. Y todo eso hace que tu tristeza sea llevadera, y que las lágrimas te hagan más ligero.
Porque siendo niños, los mayores todo lo llevamos mejor. Al menos yo.




